La atención de las infancias en disputa

¿Cómo afecta a las infancias la disputa de las plataformas digitales por nuestra atención, y qué podemos hacer desde el Estado?

En estos días, escuchaba al Indio Solari, como un amague al adiós, como si así volviera, al menos un ratito, y me quedó resonando una frase de “El que la seca la llena”, su último disco: “Mensajes de texto que no eran mejor que nada”. Con la capacidad poética que lo caracterizaba, condensó en una línea uno de los dilemas más grandes que tenemos hoy como sociedad, nuestra relación, y nuestra dependencia, de la tecnología. Si toda nuestra interacción con el mundo pasa por ahí, atrapados en una cámara de eco de la que no salimos, entonces las plataformas y sus algoritmos están modelando cómo nos vinculamos y, por lo tanto, cómo nos organizamos como sociedad.

Esta economía digital se sostiene, en buena medida, en base a nuestra atención, porque, al mismo tiempo que cada acción de nuestra vida se vuelve un dato monetizable, nuestra atención disminuye. Basta mirar cómo, en cualquier plataforma, un video se encadena con el siguiente y uno no puede parar de verlos: eso está pensado y planificado, nada es casual. La atención humana se volvió “el” recurso escaso, y hay toda una economía dedicada a capturarla. Somos, al mismo tiempo, su cliente, su mercancía y su materia prima, y todo esto lo cedemos gratis a empresas, o no gratis, lo pagamos con los efectos que tiene en nuestra salud y nuestra forma de vincularnos con el mundo. ¿Y cómo impacta esto en las infancias? Ahí la pelea es todavía más desigual.

Uruguay tiene instituciones muy valiosas: Ceibal acercó una computadora a cada niño de la educación primaria y media en todo el país, y hoy cerca del 95% de los hogares tiene fibra óptica de Antel frente a su puerta. El acceso, en buena medida, está garantizado. Por eso la batalla ya no es la del acceso, sino la cognitiva, cómo nos apropiamos de las capacidades que esta tecnología genera y ofrece, porque si no lo hacemos nosotros, esa apropiación va a ocurrir en otro lugar, lejos de nuestros hogares. Y hay una dimensión que no podemos esquivar, es muy difícil sostener que la publicidad infantil no es, en algún punto, engañosa. Forma un consumidor actual, a través del reclamo a sus padres y madres, y un consumidor futuro, a través de la identidad de marca. No alcanza con pelear contra la monetización del dato; también hay que pelear contra la mercantilización del contenido que convoca a ese consumo.

¿Qué podemos hacer desde una empresa pública? Antel no legisla ni regula; opera con las normas existentes. Por eso en este campo damos la pelea por el lado de la oferta, de disputar el mercado. Somos una empresa de telecomunicaciones que evoluciona hacia una empresa de tecnología, hacia nuevos servicios digitales y también hacia los contenidos audiovisuales. Nos proponemos ser parte de esa oferta, especialmente para las infancias, que son las más vulnerables en este mercado que pelea por nuestra atención, facilitando el acceso a contenidos de calidad y al entretenimiento, entendido como un derecho y no como mercancía. Que nuestra plataforma audiovisual sea un lugar donde las instituciones educativas, culturales y científicas pongan sus contenidos de manera curada y cuidada, y que al mismo tiempo resulten atractivos para ese público. Porque muchas veces, cuando decimos que vamos a proteger a los niños, niñas y adolescentes, terminamos haciendo cosas aburridas de las que salen espantados, aunque a nosotros nos parezcan bárbaras. Una plataforma por sí sola no va a cuidar de nuestros gurises y gurisas, pero nos puede dar la tranquilidad de que no están expuestos a ese mundo.

La pelea es asimétrica, y conviene decirlo con números. Canal 5, nuestra televisión pública, retomó en 2025 su franja de contenidos infantiles, unos treinta minutos diarios en horario fijo. Enfrente hay millones y millones de horas de contenido audiovisual para las infancias en las plataformas. Media hora por día contra eso es, efectivamente, una pelea despareja. Pero tener garantizado el acceso nos permite, al menos, pensar esto como un instrumento de política pública articulada. Las alianzas público-público son fundamentales y pueden funcionar muy bien, como lo fue la transmisión conjunta del Mundial de fútbol 2026 entre Antel, Dinatel y Canal 5.

Y acá vuelve a valer aquello de que el Estado solo no puede, pero tampoco puede estar ausente. Tenemos que buscar alianzas entre los propios organismos del Estado que tienen como función principal proteger a las infancias, como INAU, Ceibal o ANEP, y los que tienen el cometido de generar y difundir contenidos, como los medios públicos, la Agencia del Cine y el Audiovisual, la Facultad de Información y Comunicación o Dinatel. No para decirles a los padres y a las madres cómo educar a sus hijos o qué contenidos ofrecerles, sino para dar opciones, generar las condiciones de un diálogo más equilibrado y garantizar, desde la oferta, contenidos que acompañen los procesos educativos, de formación, de ciudadanía y de crecimiento de nuestros niños y niñas, y que les habiliten una vida digital más cuidada.

Una nueva forma de ofrecer contenidos a las infancias también debe comprender una nueva forma de organizar, de tomar las decisiones y de actuar. Una articulación pública de contenidos debe ser participativa, y en el caso de una dedicada a las infancias es imprescindible que lo sea, porque además de fomentar en ellos y ellas un espíritu participativo, democrático y de involucramiento en los procesos, también aprenderemos más de lo que piensan, lo que sienten, lo que les gusta y necesitan. No se trata de inventar la rueda todos los días, los medios públicos en la región ya tienen experiencia en esto con el Consejo de Niños y Niñas de América Latina de la red TAL, la unión de los canales públicos y culturales de América Latina, o en nuestro país con Gigantes, el diario impreso para niños, niñas y adolescentes editado por La Diaria y que cuenta con su grupo Gigantes Asesores Secretos Honorarios, GASH, para promover la participación de sus lectores.

Porque, en el fondo, hay un problema de alternativas. A un niño que tiene a mano la posibilidad de ir a la plaza le resulta más fácil apagar la pantalla. Pero cuando la vida transcurre en el vértigo de las demandas, y la plaza no aparece, terminamos exponiendo a los más chicos a una autorregulación de la que no van a ser capaces.

Volviendo al Indio, “Mensajes de texto que no eran mejor que nada” no habla de la tecnología, habla de lo que hacemos con ella y de lo que ella hace con nuestros vínculos. La pregunta, entonces, no es cómo resolver la técnica, sino hacia dónde orientamos la tecnología, y qué tipo de infancias queremos cuidar en el camino. Esa atención, la nuestra y la de los y las que vienen, es lo que está de verdad en disputa.

Fundación Sociedades Digitales

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